PARA EDUCAR EN LA CULTURA JUVENIL

 

Columna de Juan Humberto González, profesor y Director de la Escuela San Ignacio de Loyola, donde plantea las serias dificultades que tienen los profesores en comprender a los alumnos jóvenes de hoy.

 

Cada vez me causa más preocupación el modo en que, los que ya tenemos algunos años en docencia, enfrentamos las respuestas que dan los jóvenes, sobre todo, cuando éstas no coinciden con los patrones de comportamiento que nos son más familiares. Esta dificultad, que parece tan propia sólo de la actual relación generacional, tiene una larga data y se ha repetido durante la historia tantas veces como se han establecido relaciones entre jóvenes y adultos.

No resulta difícil encontrar, en textos de variada índole y de distintas disciplinas, referencias a esta dificultad. Y, al parecer, todo el conocimiento acumulado no nos ha permitido encontrar una respuesta efectiva que nos deje la sensación de haber enfrentado el tema con cierto nivel de asertividad, que nos haga pensar que, a pesar de las naturales diferencias generacionales, hemos sido capaces de aportar con lo que nos corresponde como profesores: ayudar en la formación de esas personas que nos son confiadas, nuestros/as alumnos/as.

Lo que más observamos en profesores son respuestas que dejan ver la escasa aceptación que tenemos de las nuevas culturas juveniles, añoranza a un pasado que fue nuestra juventud, criticada por quienes eran –entonces- nuestros adultos, foco del descrédito, discriminación y el prejuicio.

El fenómeno que generan en nosotros las respuestas dadas por los jóvenes tiene que ser, necesariamente, entendido en un contexto que también nos cuesta aceptar. La rapidez con que ellos se comunican a través de los medios y la tecnología –y que no imaginábamos en nuestro tiempo juvenil-; la facilidad con que aceptan lo que jóvenes de otros hemisferios plantean; la necesidad de crear y desarrollar una identidad más particular y que marque sesgos de indesmentible pertenencia; la pérdida, cada vez más preocupante de la cultura e identidad nacional en pos de una identidad más global, han hecho que sea cada vez más difícil, de nuestra parte, entender las respuestas que dan los jóvenes de hoy.

No aceptar y aún menos tratar de entender este nuevo contexto, es el gran obstáculo que nos sitúa en una trinchera inaccesible a la posibilidad de tender puentes de entendimiento frente a esta realidad.

Si a esto le agregamos la dificultad que tenemos muchos profesores en la actualidad para analizar los fenómenos sociales, desconociendo o negando la intencionalidad de quienes manejan la opinión pública, dueños de los medios de comunicación masiva, de quienes tienen el poder para implementar políticas públicas, de quienes son poseedores de los medios productivos y controlan la llamada “fuerza laboral”, de quienes han hecho de su profesión la generación de necesidades inexistentes y que, gracias a su elocuencia, se ha traducido en consumismos excesivos, entonces, tendremos la combinación perfecta para decir que, como profesores, hemos perdido autoridad y ya no se nos reconoce nuestra función social.

Desconocer este contexto nos ha llevado a dar dos respuestas altamente peligrosas: una, el volvernos más técnicos de una disciplina que profesionales de la educación. La otra, no aceptar que fuimos sobrepasados -por las razones que sean- por una serie de actitudes y comportamientos, instalados en la sociedad, al parecer, por quienes tuvieron la intención de hacerlo.

Los jóvenes de hoy no son diferentes a los de ayer. Al igual que nosotros en nuestra época. Han buscado sus espacios, han establecido los componentes de sus particulares identidades, se han querido diferenciar de los “adultos que han hecho mal su trabajo” y han generado su propia cultura, sus propios códigos, su hegemonía. Igual que nosotros, pero con el agravante de nuestra indiferencia, de nuestro dejar hacer, de no prever la influencia de las nuevas tecnologías en la comunicación, de disfrazar un poco la realidad por una virtualidad que nos ha ayudado a entretenerlos, pero no a educarlos. En resumidas cuentas, de nuestra incapacidad de ser modelos donde se vean reflejados los ideales a los que aspiran.

Los jóvenes de hoy son iguales a los de ayer. Somos los profesores los que no hemos sido capaces de marcar rumbo, de generar expectativas, de orientar los ideales, de exigir, de trabajar para formar voluntades a pesar de la intencionalidad de los poderes fácticos.

 

Fuente: http://www.educarchile.cl/ech/pro/app/detalle?id=199108

 

 

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