EDUCACIÓN AMBIENTAL: TENDENCIAS EN LA CONSERVACIÓN DE LA BIODIVERSIDAD

Por: Rodrigo Calcagni, Karl Yunis, Diego García y Pablo Villarroel, investigadores y miembros de la Corporación Parques para Chile.

 

Del inicio de los esfuerzos modernos para conservar la diversidad biológica (que habitualmente se asocia a la creación del Parque Nacional Yellowstone en Estados Unidos en 1872), el objetivo central fue resguardar paisajes naturales que se consideran bellos y únicos. La principal motivación subyacente era proteger bellezas naturales de la creciente modificación del territorio que estaba produciendo el rápido desarrollo de la sociedad industrial moderna (Pauchard & Villarroel 2002).

Lo anterior fue un movimiento que abarcó a todo occidente y Chile no estuvo ausente del mismo: la primera reserva natural fue creada en 1907 y el primer Parque Nacional en 1925. Ambos fueron concebidos siguiendo fundamentalmente criterios de belleza escénica que sus promotores sentían que era imprescindible proteger (Pauchard & Villarroel 2002).

Si bien la perspectiva descrita sigue vigente hoy día, desde mediados del siglo XX comenzó a surgir una nueva visión para el establecimiento de áreas protegidas sustentada en los conocimientos que empezó a producir la ciencia ecológica.

Con la teoría evolutiva en su base, la ecología introdujo en 1935 el concepto de ecosistema (Golley 1993) y, más adelante, desarrollos conceptuales tales como las teorías de poblaciones y comunidades, la teoría del nicho ecológico y la biogeografía de islas.

Los aportes de la ecología introdujeron criterios y orientaciones de base científica para definir los objetivos de conservación (Primack et al. 2001, Soulé & Orians 2001, Meffe & Carroll 2006) y los diseños funcionales a dichos objetivos (Forman & Godron 1986, Forman 1995). Al mismo tiempo, el conocimiento ecológico fue dando origen a una ética respecto de la naturaleza, obligando a tomar responsabilidades frente a ella.

Este giro ético se aprecia con claridad en los trabajos fundadores de Leopold (1949), Carson (1962), White (1967) y Naess (1973), y en el desarrollo posterior de la ética ambiental contemporánea (Carta de la Tierra 2000, Rozzi 2001).

Un nuevo cambio de perspectiva comenzó a gestarse en las décadas de 1960 y 1970. Entonces comenzó a verse con cierta claridad que las áreas naturales estaban amenazadas por varios factores, tales como el desarrollo de la agroindustria y la industria forestal, otros usos industriales del territorio, la contaminación y la pobreza rural.

La conciencia de este nuevo contexto reorientó el objetivo principal para la creación de áreas silvestres protegidas desde la sola protección de la belleza paisajística hacia la protección de componentes ambientales y de los arreglos de especies que componían el dinámico mosaico ecosistémico, lo que comenzó a ser llamado diversidad biológica.

Esta perspectiva inspiró, por ejemplo, la Ley 18.362 que creó en 1984 el Sistema Nacional de Áreas Protegidas del Estado en Chile (Snaspe) y con ello las figuras jurídicas de parques, reservas y monumentos naturales en el país, contemplando para los primeros incluso la protección de los procesos evolutivos que se desarrollan en tales áreas (Sepúlveda & García 1997, Pauchard & Villarroel 2002).

Este nuevo enfoque, orientado a la conservación de la diversidad biológica per se, ha cambiado en los últimos 20 años en dos direcciones complementarias:

a) La primera ha sido el reconocimiento de que lo relevante para la conservación biológica no es solo proteger la naturaleza en sí misma, sino la necesidad de proteger y conservar ciertas funciones que desempeñan los ecosistemas y que son relevantes para el desarrollo humano e incluso, muchas veces, para la misma supervivencia (Sepúlveda & Villarroel 2006). Desde este enfoque surge, por ejemplo, el concepto de servicios ecosistémicos.

b) La segunda dirección ha sido el reconocimiento de la necesidad de la conectividad biológica entre áreas naturales. Este concepto deriva de los desarrollos de la ecología de paisajes (landscape ecology), genética de poblaciones, teoría de metapoblaciones, y de la aplicación de la biogeografía de islas a las “islas terrestres” en que se estaban transformando los parches de bosques fragmentados y, en algunos casos, las propias áreas silvestres protegidas. Desde este enfoque surge como consecuencia el concepto de corredor biológico (Forman & Godron 1986, Forman 1995, Meffe & Carroll 2006).

 

Estos nuevos enfoques modifican la noción de que la conservación de la biodiversidad es un campo propio solo de las ciencias biológicas, incorporando los factores sociales tanto en los diseños como en los objetivos de la conservación de áreas naturales (Sepúlveda 2002a, Meffe & Carroll 2006).

 

Integración de lo natural y lo social

Los giros en los objetivos de conservación han ido acompañados de cambios en la economía política del territorio, que en el caso de Chile han sido especialmente rápidos en los últimos años.

Zonas más bien alejadas y rústicas se han vuelto, debido al crecimiento poblacional y al mejoramiento de las conexiones viales, más cercanas a los centros urbanos, con el consiguiente mayor valor del suelo. Terrenos que solían ser fiscales, ahora son privados.

La gestión territorial, que solía ser estatal, ahora tiene un significativo componente privado, tanto por la propiedad de la tierra como por el mercado del suelo rural, todo en el marco de una economía en que la mayor parte del PIB nacional la generan los agentes privados (Calcagni et al. 1999).

La función que pueden desempeñar los agentes privados en la conservación de áreas silvestres fue estudiada en la segunda mitad de la década de 1990 por el Centro de Investigación y Planificación del Medio Ambiente (Cipma) y la Universidad Austral de Chile a través del proyecto Fondecyt Modalidades de cooperación público-privada para la conservación de la biodiversidad en Chile1 , en el que participaron tres de los autores de este artículo.

Dicha investigación permitió establecer las categorías más frecuentes de la conservación privada en Chile y estimar la importancia territorial y social de las áreas protegidas privadas en el país (Sepúlveda 1998, 2002b).

En el marco general descrito se aprecia cómo el problema de la conservación de la biodiversidad ha derivado desde una demanda social de conservación de áreas naturales apreciadas por su belleza, a una necesidad de conservación de la diversidad biológica y sus funciones ecosistémicas asociadas en un contexto de paisajes antropizados y, con frecuencia, de propiedad privada.

Esta nueva situación plantea complejos desafíos, entre ellos:

¿Cómo conservar territorios o paisajes amplios para los cuales no sirve el enfoque tradicional de áreas protegidas con límites precisos y de propiedad y gestión estatal?

¿Cómo integrar los esfuerzos tradicionales de conservación, que tienen objetivos públicos, con los objetivos de agentes privados propietarios de la tierra?

¿Cómo articular de manera sistémica terrenos estatales y privados con los objetivos de conservar biodiversidad y proteger funciones ecosistémicas?

¿Cómo realizar una conservación efectiva en el terreno, y no solo en el papel, en el complejo contexto señalado?

 

Estas preguntas fueron abordadas en primera instancia hace una década por los cuatro autores de este artículo en revista Ambiente y Desarrollo con su publicación Lugares naturales y calidad de vida: una propuesta para integrar “lo natural” y “lo social” (Calcagni et al. 1999).

En el presente artículo y en el que sigue –Biodiversidad (II): El actual marco institucional de la conservación en Chile–, revisamos estos desafíos a la luz de la situación de Chile hoy y del desarrollo del conocimiento y la experiencia sobre conservación público-privada que ha tenido lugar en la última década.

 

Artículo ampliado en: http://www.cipma.cl/images/stories/Biodiversidad%20I.pdf

Salto de Río Anticura al interior del Parque Nacional Puyehue.
Salto de Río Anticura al interior del Parque Nacional Puyehue.

 

 

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