¿Qué lugar debe ocupar el aula en el proceso de aprendizaje del siglo XXI? ¿Cómo deben organizarse los centros educativos para crear contextos de aprendizaje reales? ¿Cómo se puede avanzar hacia el liderazgo de centros centrado en el aprendizaje? ¿Qué condiciones permitirán a los centros aprender y trabajar en comunidad?

 

En una sociedad como la nuestra, la generación de conocimiento se ha convertido, probablemente, en la forma más relevante de trabajo, productividad y competitividad. Las actividades estratégicamente dominantes se producen, cada vez más, en interdependencia global.

La escuela, en este escenario, ha ganado valor estratégico, pero, en la medida en que va dejando atrás los parámetros que establecía la sociedad industrial, ha ido perdiendo su posición tradicional en la conservación del saber y el monopolio de su transmisión entre generaciones.

Las soluciones organizativas propias de la escuela tradicional a menudo resultan poco adecuadas para dar respuesta a un contexto tan cambiante y complejo como este, en el que la aceleración de los procesos de innovación ha encontrado su reverso inmediato en la generación de prácticas y saberes obsoletos.

Los centros educativos, en esta coyuntura y del mismo modo que otros sectores de nuestra sociedad, encaran el reto de reencontrar su ubicación.
Las escuelas tienen el desafío de convertirse en espacios en los que los maestros y alumnos puedan encontrar la oportunidad de reconstruir el sentido de la actividad educativa y abrirla a través de nuevos vínculos con la comunidad educativa que, en la sociedad red, debe entenderse, más que nunca, en su sentido más extenso.

Sobre esta temática, profundizan dos expertos en el área.

 

Una mirada desde la educación inglesa

Richard Gerver, ex director de la escuela primaria Grange (Gran Bretaña) y experto en lideraje, creatividad y cambio organizativo, advierte que: la educación debe ser una celebración de la vida; que debemos alimentar el poder del aprendizaje; y que aprender debe ser divertido

“Nuestra primera responsabilidad como educadores es preparar a nuestros niños y niñas para el futuro; por este motivo la educación, en primer lugar, debe identificar cuáles serán sus necesidades. Así pues, debemos invertir más tiempo intentando entender el futuro y menos observando el pasado. El sistema tradicional se basa en preparar a los estudiantes para un determinado futuro; pero este sistema ya no nos sirve, en la era postindustrial debemos diseñar un nuevo sistema basado en el empoderamiento y no en el control. Y para ello, como educadores, como políticos, debemos dar un paso adelante y asegurarnos de que diseñamos sistemas basados en necesidades y no en ideologías, sistemas basados en habilidades y competencias. Debemos, pues, asegurarnos de que, fundamentalmente, el sistema explora el increíble potencial del alumnado de manera individual, y que les ayuda a ver cuál será el lugar que cada uno de ellos ocupará en un futuro complejo y en constante evolución. Recientemente, el gobierno chino ha declarado que, a fin de crear un futuro sostenible, China debe descubrir y cultivar la próxima generación de Steve Jobs. ¡No parece una mala idea”.

“Para muchos de nuestros estudiantes, el proceso de aprendizaje no es más que una constante preparación de exámenes de diferentes materias: matemáticas, literatura, etc. Muchos de nosotros estamos cansados de la naturaleza abstracta de nuestro sistema educativo y de la cultura opresiva que impone su sistema de pruebas. La educación es un asombroso regalo; el más importante y poderoso que cualquier sociedadcivilizada puede conceder a sus jóvenes; sin embargo, no siempre se entiende así. En este sentido, me preocupa que la mayoría de jóvenes consideren la escuela como un proceso industrial en el que les inculcamos una serie de conocimientos y normas, como una especie de purgatorio, un lugar por el que deben pasar antes de convertirse en adultos y, por lo tanto, en verdaderos ciudadanos. Fue John Holt quien dijo una vez que la educación era como aprender a tocar el violonchelo: años diciendo que estabas aprendiendo a tocar, siempre esperando el momento de poder decir que en verdad ya estabas tocando el violonchelo… Debemos, pues, hacer que el aprendizaje sirva para el presente”.

“Aprender debe ser una celebración de la vida, una exploración del potencial de cada uno y de la alegría de experimentar. Evidentemente, es importante, vital, para nuestros niños y niñas, pero ciertamente también lo es para nuestro propio legado. El mundo se enfrenta hoy, y demasiado a menudo, a grandes desafíos que hemos creado nosotros mismos: economías insostenibles, desastres medioambientales y niveles crecientes de conflictos sociales y étnicos. Este es el legado que dejamos a nuestros hijos. Realmente, no es muy optimista. Sin embargo, la educación debe ser una celebración de lo que puede lograrse, de lo que puede llegarse a descubrir y crear. El proceso de aprendizaje debe incluir la capacidad de asombrarse y de maravillarse, debe estar lleno de posibilidades, y debe contar con maestros que disfruten enseñando y aprendiendo. Las mejores aulas son aquellas que rebosan de  alegría, son lugares donde los niños se sienten bien, relajados, y tienen interés por aprender, porque los profesores, a su vez, están relajados y disfrutan enseñando. Los retos son importantes, pero la escuela no debería ser un reto que conduzca al abandono, sino un reto motivador. Solo una generación suficientemente relajada para ser ella misma y con la confianza necesaria para desafiar las convenciones, para asumir riesgos y para atreverse a ser diferente sabrá encontrar las soluciones para un camino positivo hacia el siglo XXII”.

 

Una visión de la educación desde la óptica española

Xavier Aragay, Economista y director general de la Fundación Jesuitas Educación, señala que nos encontramos ante un cambio de paradigma educativo: necesitamos cambios profundos y atrevidos. En esta línea desataca la necesidad de tener en claro tres líneas: avanzar hoy hacia un cambio profundo en la educación es posible; la escuela actual está estresada y el modelo educativo en el que se basa está agotado; y por último, que estamos frente ante un cambio de paradigma educativo.

“Podemos ganar nuestro futuro como educadores. No estamos condenados a continuar haciendo lo que hemos hecho hasta ahora, ni a esperar que sea el ministro de turno quien dicte por dónde hay que ir. No es necesario ser víctimas del futuro; podemos ser sus protagonistas. Tenemos vocación, tenemos convicciones y podemos abrir un debate valiente y participativo sobre cómo avanzar hacia este cambio necesario de nuestras escuelas. La sociedad ha cambiado mucho en los últimos veinticinco años, y la escuela, en esencia, ha cambiado muy poco. El cambio debe ser profundo y atrevido. El error más grave es pensar que ya nos sirve lo que tenemos, que sólo se trata de hacer algunas rectificaciones… o de poner más actividades dentro de la escuela. Hay que tener convencimiento y crear las condiciones dentro y fuera de los centros; porque el cambio, con los recursos que tenemos (mermados, pero todavía existentes), es posible. Son tiempos para entrenarse en la gimnasia mental de dar respuesta a cambios imprevistos y sistémicos. Son tiempos para ponerse al frente y fortalecer las voluntades, las sinergias y las alianzas. Tenemos que ponernos en marcha todos los que nos sentimos llamados e ilusionados a transformar la escuela y la educación en el marco de una Cataluña que se abre a un futuro diferente”.

“Es necesario un replanteamiento sistémico del proceso de enseñar y aprender. Ya no podemos pensar que, sólo añadiendo más actividades o innovaciones a una escuela que ya incorpora muchas y que lleva los últimos veinticinco años aumentando el volumen de actividad, conseguiremos el cambio que deseamos. El modelo educativo en el que se basa la escuela está agotado. Una de las expresiones más fuertes de esta crisis es el elevado índice de fracaso y abandono prematuro, pero debemos ver que la crisis es más profunda. Hay que reorganizar de forma radicalmente diferente los recursos (humanos, de espacio y de instalaciones) y poner en marcha experiencias piloto de aprendizaje. Podar el amplio currículum escolar actual, agrupar al alumnado de forma diferente en los grupos clase actuales, cambiar la distribución de horarios y espacios, apostar por una acción en equipo de maestros y profesores… Trabajar por proyectos transversales, que integren, mediante la experiencia, conocimientos, habilidades, competencias y actitudes en una verdadera comunidad educativa que comporte y cree conocimiento, retornando, a la vez, a los elementos básicos y vitales, en el marco de una organización educativa totalmente diferente”.

“Por ello es necesaria la participación de toda la sociedad y del conjunto de la comunidad educativa. Hablamos de un verdadero cambio de paradigma educativo, porque es la misma sociedad en la que vivimos la que ha hecho este cambio de paradigma. Y en este sentido no tenemos demasiadas opciones. Llevamos ya más de un 12% del siglo XXI y hay que concebir y levantar un nuevo modelo educativo. Un nuevo modelo que ponga al alumnado en el centro del proceso de enseñar y aprender, que permita, además, adaptarse a sus cualidades y características, para que de forma personalizada y con diálogo permanente con su grupo social de aprendizaje pueda avanzar y madurar hasta componer un proyecto propio y vital. El cambio es profundo e implica cambios de rol, cambios de espacios, cambios organizativos. Significa romper inercias y avanzar juntos hacia entornos desconocidos. El cambio es camino y en este camino será necesario descubrir y concretar un nuevo modelo que hoy no existe, aunque en muchas de las innovaciones introducidas y experimentadas hasta ahora ya se apunta hacia dónde hay que ir. Y este cambio es sobretodo cultural. Y por ello requiere la participación de los educadores, de las familias y de toda la sociedad. Este es el gran reto al que nos enfrentamos”.

 

FUENTE: Portal de Educación y Debate, Las 3 cosas que he aprendido.  http://les3coses.debats.cat/es/temas

 

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